Estimados lectores:

Otra entrega de la vida de Quim Xena como músico. Un ejemplo de superación y buen hacer en su estilo, que sirve para darse cuenta de cómo va entrando poco a poco la habanera en el tuétano de quien la prueba, hasta llegar a amarla apasionadamente.
Quim Xena: "mi idea es ir introduciendo al posible lector en el mundo de las habaneras empezando por mis propias vivencias."
afinando la vieja guitarra
CAPÍTULO XIV
Un día empujando al otro y casi sin querer llegó la Semana Santa. Cosas del calendario.
Hacía semanas que me preparaba para presentarme a la, entonces conocida, Catedral de las Habaneras de Cataluña, o sea, Can Batlle de Palafrugell.
Y también hacía semanas que mis inquietudes no dejaban de dar vueltas y más vueltas en mi pensamiento. Mi canto no me acababa de satisfacer pero me moría de ganas de mostrar al público mis avances en la interpretación a la guitarra. Estaba seguro que esto les sorprendería!.
Yo sólo me lo calentaba, me lo comía y me lo digería, siguiendo invariablemente el mismo proceso al que están sometidos los solitarios. Empezaba a echar de menos la compañía de alguien con quien compartir mis ansias e inquietudes.
Y así hasta que un día me levanté con la resolución tomada y la paz restablecida.
*El domingo voy a Can Batlle.
De todos modos, los días anteriores a la semana de las procesiones me dediqué a repartir mis pinturas por diferentes tiendas del Empordà y de Girona. El sistema era sencillo, las dejaba en depósito y pasadas unas semanas volvía para saber qué se había vendido y, según el caso, cobrar las ventas o retirar las existencias.
A media tarde del domingo cogí la guitarra y enfilé el camino de las rocas del elefante (tal como le llamaba mi amigo pintor Danilo) con la brújula fijada en Can Batlle. Llegado a las escaleras de la Plaça del Port-Bo decidí acercarme al mar y respirar un momento su aliento antes de entrar en la taberna. Desde allí sentía como cantaban.
* Tranquilo, ahora voy - tuve que decirme sintiendo la impaciencia que me empujaba a volver a subir escaleras arriba y adentrarme en ese mundo de habaneras.
Justo pasar por la puerta, una impresionante bocanada de humareda y calor me dejó medio abatido.
El local estaba tan lleno de gente que parecía las gradas del campo del Barça en un partido contra el Madrid. Sin embargo, el ambiente era cautivador y la habanera que se estaba cantando resonaba celestial en el espacio. Me fijé en ese local a reventar de gente, algunos sólo escuchaban y otros seguían la canción que cantaban los cantores en voz baja, formando un murmullo de fondo sobrecogedor. Aparentemente hacía rato que la cantada había empezado, así que yo debía llegar un poco tarde.
Me quedé parado justo donde me había quedado al cerrarse la puerta detrás de mí hasta que Tomás, el buen Tomás, me vió me indicó un lugar donde sentarme.
Desde mi nueva posición, me di cuenta que el ambiente de aquel día en Can Batlle era diferente a las cantadas que anteriormente había asistido a Ca la Raquel, con gente del pueblo que iban a merendar y cantar cuatro habaneras. En la cantada de Can Batlle, ese día, se desprendía cierta profesionalidad. Cosa que yo aún no había escuchado nunca.
Tomás me sirvió una cerveza y me recomendó que guardara la guitarra en un pequeño armario empotrado. Seguidamente lo vi como se dirigía, sonriente, a abrir un poco una de las ventanas para renovar la apretada atmósfera que se había ido creando en la taberna.
Yo acabé sentándome en el único taburete que quedaba libre, al final del mostrador, justo detrás de una agraciada señora de cabello rubio que se volvió un instante para saludarme con la mirada.
Tomás se me acercó:
* Escucha esta, chico!
* Adiós mi península hermosa ... - Primero pensé que se refería al Cap de Creus. Pero no, la canción se refiere a la Península Ibérica, portugueses incluidos.
* Salió de Jamaica ... - Cantada de aquella manera tan alegre, no me di cuenta que se trataba de un capitán borracho al que se le hunde el barco.
Me fijaba en los cantores y, sobre todo, en el guitarrista que se lo montaba bien con cuatro o cinco acordes.
Tomás se volvió a acercar y me presentó los cantores:
* Ese es Francisco, ese es el abuelo Mèliu, ese es Tito, ese es en Fonso del Port Bó y el de la guitarra es Josep Bastons del Peix Fregit.
Alguien pidió un Valset y el grupo se puso a cantar "El mar es bo, el mar es blau" ...
Diría que fue la única canción en catalán que escuché en aquella velada.
Parecía extraño que estuviéramos en el Empordà.
La señora rubia de delante de mí se volvía de vez en cuando y me daba un vistazo. Yo seguía a mi rollo.
Se terminó formando una única voz que repetía: "El mar es bo, el mar es blau" ...
Y, cuando se acabó la canción el aplauso fue absoluto. Más tarde supe que aquella canción se llamaba Vell Pescador le había escrito un músico de Sant Feliu de Guíxols. No tardé mucho en incorporarla a mi repertorio (y aún ahora se lo mantengo).
La fiesta seguía animada y, cuando ya se acercaba la hora de ir a cenar, fue Tomás quien salió a cantar. Él, de pie, genio y figura, soltó su tango y un par de canciones más. El aplauso fue generoso. Justo después la gente empezó a desfilar.
Yo iba mirándolos como salían sin moverme de lugar. Interiormente me sentía un poco frustrado por no haber tenido la oportunidad de tocar.
Esta vez Tomás se acercó acompañado de uno de los cantores, un chico de mi edad:
* Quim ... este es en Fonso, cantante del grupo Port-Bó.
* Este es Quim, que quiere aprender habaneras.
* Pues ven por aquí a menudo, que seguro que n'aprendràs-comentó el cantor.
Cuando me dirigía a recoger mi guitarra Tomás todavía me dijo
* Ven el próximo sábado hacia las ocho, que podrás tocar.
* Entendido Tomás.
Antes de salir por la puerta me volví para volver a dar un vistazo al local.
* Parece realmente un barco a punto de zarpar!Quim Xena
Septiembre de 2009
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